La canción

Por fin la llamada escapó de la estación subterránea en Kharkiv, sobrevoló velozmente las grises ruinas de la ciudad, luego el campo desolado y segundos después se coló en el teatro de la lejana Mariupol sin pagar la entrada. La voz emocionada de mi madre me atropelló con una camionada de preguntas que fui respondiendo poco a poco hasta que pude inquirir cómo se encontraba.

Hija querida, anoche soñé que despertaba aquí mismo, en el bunker del teatro, y que oía la voz de tu padre buscándome en el piso de arriba. En puntas de píe recorrí el laberinto de durmientes y en un suspiro trepé la escalera para verlo allí, bajo un haz de luz blanca, dominando el escenario con su porte y enarbolando en su mano derecha la flor fulgurante de un rododendro rojo. Me ayudó a subir a la tarima y lo abracé con todas mis fuerzas. Luego nos sentamos en un sofá y en vez del teatro contemplamos abrazados aquel atardecer de nuestra luna de miel a orillas del mar negro en Bulgaria. Desde algún rincón una radiola emanaba aquella melancólica canción sobre el amor y el rododendro.

Siempre fiel a sus raíces, mi madre mantenía viva la tradición ancestral de buscar en los sueños señales del porvenir. Incontables mujeres de la familia la habían preservado, pero yo había dejado de creer en el futuro y en los sueños desde pequeña. Tenía diez años cuando mi hermano de diecisiete fue asesinado por la policía durante la revolución del 2014. Recuerdo la última vez que le vi, cuando marchó hacia la plaza de Kyiv con el morral atiborrado de esperanza en busca del sueño europeo. Unos meses después mi padre desapareció en el Donbas. Desde entonces me aferré a mi madre hasta partir hace unos meses a la universidad. Fue una separación difícil para ambas, pero nos habíamos adaptado y era la primera vez que pasaban dos días sin que habláramos.

¿Hija, sigues ahí?

Las voces de los refugiados en la estación a mi alrededor, hasta entonces un murmullo sin sentido, ahora eran guiadas por un reconocido cantante que aleteaba rítmicamente sus brazos y juntas entonaban la popular canción que recién había recordado mi madre. El coro sublime resonaba en las paredes. ¡Mama, escucha! Pero la señal entrecortada no le permitía oír bien. Creo haberle entendido que iba a salir del bunker para mejorar la recepción de la llamada.

Esa fue la última vez que oí su voz. La imagino abrazada a mi padre y me pregunto si pronto volveré a ver a mi hermano o si algún día se acabará esta pesadilla y quizás se cumpla el sueño de la hermandad europea.

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